Dos "resolvelo vos" que salieron muy distinto
Un lunes, el mismo jefe dice la misma frase —"resolvelo vos, confío en tu criterio"— a dos personas. La primera lleva dos semanas en la empresa. La segunda, diez años. Para la veterana, esa frase es un voto de confianza: agarra el problema y lo resuelve mejor de lo que él lo habría hecho. Para el que recién entró, la misma frase es un empujón al vacío: no sabe por dónde arrancar, adivina, se equivoca, y esconde el error por miedo a preguntar. Misma frase, mismo jefe, mismo minuto. Resultados opuestos.
Ahora invirtamos el jefe. Uno que "está encima de todo": da instrucciones paso a paso, revisa cada detalle, pide reportes. Con el que recién entró, funciona: le da la estructura que necesita. Con la veterana, lo mismo es una humillación cotidiana — se siente vigilada, deja de proponer, y empieza a mirar avisos de otras empresas los domingos a la noche.
El problema, en los dos casos, no es el estilo. Es usar un solo estilo para todos. Y como cada jefe tiene un estilo cómodo —uno al que vuelve por default cuando no piensa—, termina liderando bien a la porción del equipo a la que ese estilo le calza, y mal a todo el resto: mitad sobre-gestionada y asfixiada, mitad sub-gestionada y abandonada, las dos rindiendo por debajo de lo que podrían. Este artículo trata de cómo salir de ese default: qué dice el modelo más famoso sobre adaptar el estilo, qué le suman otros que casi nadie cita, y por qué —siendo honestos, como corresponde— ese cuadro de cuatro casilleros que se enseña en todos lados es más útil como espejo que como ley.
Un estilo no alcanza
La idea la ordenaron dos autores, Paul Hersey y Ken Blanchard, primero en 1969 —con el nombre olvidable de "teoría del ciclo de vida del liderazgo"— y después, ya rebautizada "liderazgo situacional", en el manual de 1977 que el mundo de la capacitación adoptó como catecismo. Su afirmación es engañosamente simple y genuinamente útil: no existe un único mejor estilo de liderar. El estilo correcto depende de dónde está la persona —en esta tarea— según dos cosas: cuánto puede hacerla (competencia: conocimiento, habilidad, experiencia) y cuánto quiere o se anima a hacerla (compromiso: motivación y confianza).
Del lado del jefe, la conducta también tiene dos perillas independientes: cuánto dirige (instruye, estructura, marca el cómo y sigue de cerca) y cuánto apoya (escucha, alienta, involucra, respalda). Cruzando las dos perillas aparecen cuatro estilos, y el modelo dibuja una parábola que los recorre a medida que la persona madura.
Conviene decir de entrada algo que el modelo no siempre aclara, y que es su parte más firme: esos dos ejes no son una ocurrencia de manual. Vienen de los estudios de liderazgo de la Universidad Estatal de Ohio, de los años cincuenta, que aislaron dos grandes dimensiones de la conducta del jefe —la estructura de iniciación (la tarea: organizar, instruir, marcar el rumbo) y la consideración (la relación: escuchar, apoyar, cuidar)—. Y son de lo mejor respaldado que tiene la investigación en liderazgo: el metaanálisis de Judge, Piccolo e Ilies (2004), que acumuló más de trescientas correlaciones de décadas de estudios, halló que las dos se asocian de manera apreciable con los resultados (la consideración, con una correlación cercana a 0,48; la estructura de iniciación, a 0,29). Dicho de otro modo: las dos perillas del liderazgo situacional están bien elegidas. Lo que queda por ver —y es lo que decide todo— es si la receta para combinarlas resiste la misma prueba.
Los cuatro estilos, y a quién le sirve cada uno
Dirigir (S1) — mucha dirección, poco apoyo. Para quien todavía no puede y/o no se anima: el que recién entró, o cualquiera —por experto que sea en otra cosa— frente a algo genuinamente nuevo. Instrucciones claras, definir la tarea y los pasos, seguimiento cercano, comunicación de una vía. No es microgestión por gusto: es andamiaje para alguien que lo necesita. Una crisis o una emergencia, con cualquiera, también pide este estilo.
Entrenar (S2) — mucha dirección y mucho apoyo. Para el aprendiz motivado: todavía necesita que le muestren el cómo, pero tiene ganas de crecer. Acá el jefe explica el porqué de sus decisiones, abre la conversación a dos vías, "vende" la tarea —convence de que la persona puede— y da feedback que construye. Es el recién recibido con hambre, o el experimentado que cambió de área y, aunque sabe mucho, se siente de golpe torpe y con la confianza baja.
Apoyar (S3) — poca dirección, mucho apoyo. El más contraintuitivo. Para quien puede pero no se anima o no quiere: tiene la competencia, pero perdió la confianza —cometió un error que lo dejó golpeado, se quemó con la sobrecarga— o la motivación —está estancado, sin horizonte—. Necesita poca instrucción y mucho respaldo: que lo escuchen, que le pasen decisiones, que le recuerden lo bien que hizo otras cosas. Tratar esta desmotivación con más control es el error clásico, y es echar nafta al fuego.
Delegar (S4) — poco de las dos. Para el experto autónomo: fijar el objetivo, acordar los puntos de control, y correrse. Suena fácil y casi nunca lo es —cuesta especialmente al jefe inseguro que supervisa a alguien más experimentado que él—. Delegar bien no es abandonar ni asfixiar: es soltar con claridad sobre el qué y el para cuándo, y aguantar la distancia. Detalle que se olvida: hasta el más autónomo necesita reconocimiento por lo que logra.
| Puede (competencia) | Quiere / se anima (compromiso) | Estilo | Qué hace el jefe | El error típico |
|---|---|---|---|---|
| Bajo | Variable o bajo | Dirigir | Instruir, estructurar, seguir de cerca | Confundirlo con desinterés y soltarlo |
| Bajo | Alto | Entrenar | Explicar el porqué, dos vías, feedback | Sólo instruir, sin construir confianza |
| Alto | Bajo | Apoyar | Escuchar, respaldar, pasar decisiones | Tratar la desmotivación con más control |
| Alto | Alto | Delegar | Fijar objetivo y soltar con claridad | No soltar — o soltar sin claridad |
Tabla — Dónde está cada uno, y qué pide. Adaptado de Hersey y Blanchard (1977) y Blanchard (SLII).
El viaje de una persona (y por qué el entusiasmo baja antes de subir)
Los cuatro estilos no son cuatro tipos de persona: son cuatro momentos de un mismo recorrido. Ken Blanchard, que siguió desarrollando el modelo por su cuenta en la versión que llamó SLII, lo volvió explícito con cuatro niveles de desarrollo por los que atraviesa casi cualquiera al aprender algo nuevo — y con una curva que a todo jefe le conviene tener en la cabeza.
Se empieza como principiante entusiasta: se sabe poco, pero se rebosa de ganas — es el primer día, todo parece posible. Pide Dirigir: que le muestren el cómo. Al poco tiempo llega el momento más peligroso y el peor leído: el aprendiz desilusionado. La realidad resultó más difícil de lo que parecía, el envión del arranque se desinfló, y todavía no se domina la tarea. Es el punto donde más gente se frustra, rinde poco y —si nadie la sostiene— se apaga o se va. Pide Entrenar: dirección para la competencia que falta y, sobre todo, apoyo para la motivación que se cayó. Quien sobrevive a ese valle se vuelve capaz pero cauteloso: ya sabe hacerlo, pero no se termina de animar, duda de su criterio. Pide Apoyar: menos instrucción, más confianza. Y recién ahí llega a autónomo: puede y quiere, y lo que necesita es que lo dejen — Delegar.
Ese valle —el del aprendiz desilusionado— es primo del pozo de la curva J que aparecía al hablar de los cambios: el tramo en que las cosas empeoran antes de mejorar, y en que la tentación de abandonar es máxima. El jefe que no lo espera lo lee mal —"se desmotivó, no era para esto"— y suelta justo cuando habría que sostener. Saber que el valle existe, y que es una etapa y no un veredicto, es la diferencia entre perder a alguien y formarlo.
No es una escalera de una sola dirección
Dos matices que la lámina de capacitación aplana, y que son la mitad del valor del modelo.
Es por tarea, no por persona. Nadie "es un S4". La misma veterana es Delegar en el proceso que domina hace años y Dirigir en el sistema nuevo que se instaló el mes pasado — el mismo día, en la misma reunión. Leer a una persona con una sola etiqueta ("es senior, dejala tranquila") es el atajo que produce la mitad de los desajustes: se le delega lo que todavía no domina, o se la dirige en lo que ya podría volar sola.
Se puede retroceder. La competencia y el compromiso no son una escalera que sólo sube. El experto que se quemó, la estrella que cometió un error caro y perdió el temple, el mando medio desmoralizado por una reestructuración: todos bajaron un escalón y, por un tiempo, vuelven a necesitar Apoyar o incluso Dirigir. Suponer que quien alguna vez llegó a autónomo lo será para siempre, y en todo, es de los errores más caros y menos visibles de la conducción. Ahí el modelo se gana el sueldo: no como receta, sino como diagnóstico que obliga a la pregunta correcta —"¿dónde está esta persona, en esta tarea, hoy?"— en lugar de la cómoda —"¿cuál es mi estilo?".
Los dos modos de errar: asfixia y abandono
Si a cada momento le corresponde un estilo, hay una sola manera de acertar y dos de errar — y conviene ponerles nombre, porque se sienten distinto y hacen daño distinto.
Sobre-liderar (asfixia). Dar más dirección o más control del que la persona necesita: dirigir a quien ya podría decidir, supervisar de cerca a quien merece que lo dejen. Del lado del que lo sufre, se siente como desconfianza. La persona capaz deja de proponer, se vuelve pasiva —"total, va a revisar todo igual"— y a menudo se va: no por plata, sino por asfixia. Es el error clásico del jefe fundador que "está en todo".
Sub-liderar (abandono). Lo contrario: dar menos dirección o menos apoyo del que hace falta. Delegar en quien todavía no puede, soltar al aprendiz desilusionado en pleno valle. Se siente como orfandad. La persona se hunde, esconde los problemas por miedo, y cuando el error explota ya es caro. Es el error clásico del jefe que confunde delegar con desaparecer.
Lo revelador de esta matriz es que la mayoría de los jefes yerra casi siempre para el mismo lado — el de su estilo cómodo. El controlador asfixia a casi todos; el ausente abandona a casi todos. Por eso el primer paso no es dominar los cuatro estilos, sino conocer el propio default y saber hacia qué error empuja.
No está solo: parientes con y sin respaldo
Conviene sacar al liderazgo situacional de la soledad en que lo pone el mercado de la capacitación, porque no es la única teoría del "depende" ni la primera, y verlo al lado de sus parientes lo afila.
El continuo de Tannenbaum y Schmidt (1958). Casi una década antes, en Harvard Business Review, dos autores dibujaron la misma intuición como un dial en vez de un cuadro: una línea que va desde "el jefe decide y anuncia" en un extremo hasta "el equipo decide dentro de límites" en el otro, con vender, consultar y co-decidir en el medio. La pregunta de fondo —cuánta autoridad conservar y cuánta ceder— es idéntica; el dibujo, más honesto, porque admite que es un continuo y no cuatro casilleros.
Los seis estilos de Goleman (2000). El más conocido en las empresas. En Harvard Business Review, sobre una muestra de más de 3.000 ejecutivos, Daniel Goleman describió seis estilos —coercitivo, visionario, afiliativo, democrático, ejemplarizante y coaching— y encontró que los líderes más efectivos no tienen uno favorito: cambian de estilo "como un golfista elige el palo", según lo que el hoyo pide. Goleman agrega dos cosas que el liderazgo situacional subestima: que algunos estilos —el coercitivo, el ejemplarizante— envenenan el clima si se abusa de ellos, y que la capacidad de cambiar de estilo se apoya en la inteligencia emocional —autoconciencia y empatía—, no en una técnica que se memoriza. Con una salvedad que la propia ciencia obliga a hacer: la inteligencia emocional se mide y se vende como panacea, pero su relación con el desempeño es más modesta y más condicional de lo que promete la autoayuda ejecutiva. El metaanálisis de Joseph y Newman (2010) la encontró útil sobre todo en puestos de alta carga emocional, y magra o nula en el resto. El buen jefe que cambia de estilo existe; que lo haga por tener "mucha inteligencia emocional" es, en parte, marketing.
El camino a la meta, de House (1971). Una de las teorías del "depende" más estudiadas: el líder ajusta su conducta —directiva, de apoyo, participativa u orientada al logro— según la tarea y la persona, para despejarle a cada uno el camino hacia el objetivo. House la reformuló en 1996 a la luz de las críticas, y el metaanálisis de Wofford y Liska (1993), sobre unos 120 estudios, dejó una moraleja incómoda para todo el campo: buena parte de la investigación que probó estas teorías estaba metodológicamente floja, y los apoyos eran parciales. Es el patrón que se repite — la intuición, potente; la medición, esquiva.
El intercambio líder-colaborador (LMX): el pariente mejor probado. Y acá aparece el que de verdad tiene respaldo. La teoría del leader–member exchange (Graen y Uhl-Bien, 1995) parte de un hecho que todo jefe conoce y pocos admiten: uno no tiene la misma relación con cada persona de su equipo — construye vínculos distintos, con distinto grado de confianza y autonomía, con cada una. Lejos de ser un defecto, esa diferenciación es la versión empíricamente sólida de la intuición del liderazgo situacional: el metaanálisis de Gerstner y Day (1997) encontró que la calidad de esos vínculos diferenciados se asocia con el desempeño, la satisfacción, el compromiso y hasta con quién se queda y quién se va. Con un detalle que anticipa el problema del cuadrito: el jefe y el colaborador coinciden sólo moderadamente en cómo perciben esa relación. Incluso el modelo mejor probado tropieza con la misma piedra — la mirada del jefe no es la verdad.
El hilo que atraviesa sesenta años y mapas rivales es uno solo: no hay un único mejor estilo. Discrepan en la cartografía —y no todos tienen el mismo respaldo empírico—, pero coinciden en el terreno.
La letra chica: por qué el cuadrito no es una ley
Toca la parte incómoda, que esta serie no se saltea. Conviene separar dos cosas que suelen ir juntas y no son lo mismo. Los materiales del liderazgo situacional —las dos dimensiones, la idea de diferenciar— tienen, ya lo vimos, respaldo sólido. Lo que casi no lo tiene es la receta específica: que a tal nivel de "madurez" le corresponda tal estilo, y que combinarlos con esa fórmula mejore el desempeño. Cuando los investigadores probaron la receta —no la intuición, la receta— los resultados fueron, para decirlo con generosidad, magros.
Robert Vecchio la testeó en 1987 con 303 docentes de catorce escuelas: la prescripción se sostenía sobre todo para los empleados nuevos —el rincón Dirigir— y se volvía endeble en el resto. Blank, Weitzel y Green (1990) fueron al corazón del asunto y pusieron a prueba el supuesto central —que la "madurez" del colaborador modera la relación entre la conducta del jefe y su efectividad—; los datos, lisa y llanamente, no lo respaldaron. Norris y Vecchio (1992) replicaron con resultados mixtos; Fernández y Vecchio (1997) no encontraron el patrón prometido al mirar distintos puestos; Thompson y Vecchio (2009) testearon tres versiones distintas del modelo y hallaron apoyo apenas parcial. Ya en 1983 y 1997, Claude Graeff había explicado por qué era esperable: la lógica interna es inconsistente y el concepto de "madurez" es demasiado vago para medirse en serio. Y el dato más elocuente es el que falta: más de medio siglo después, el liderazgo situacional sigue sin un metaanálisis que lo sostenga — una rareza para un modelo tan enseñado.
Hay una excepción que lo rescata a medias, y por una puerta reveladora. Thompson y Glasø (2015, 2018), sobre 80 supervisores y 357 colaboradores, mostraron que el modelo predice mejor desempeño sólo cuando el jefe y el colaborador coinciden en el diagnóstico de la "madurez". Cuando no coinciden —y muy seguido no coinciden—, la ventaja desaparece. Y eso reubica el problema exactamente donde estaba escondido.
Y ahí está la grieta más profunda, la que el propio documento que inspiró este artículo tiene la honestidad de señalar: todo el modelo depende de que el jefe juzgue bien la "madurez" del otro — y ese juicio es justo donde vive el sesgo. El efecto halo (vino con una recomendación brillante, entonces asumimos que es competente), el sesgo del espejo (se parece a mí, se lo ve seguro, entonces lo supongo más autónomo de lo que es), el estereotipo sobre quién "parece" senior por su edad, su género o su origen: todos se disfrazan de lectura de la madurez. Un modelo que te dice que trates distinto a cada uno según tu juicio sobre ellos vale exactamente lo que valga tu juicio — y todo jefe honesto sabe que su juicio sobre las personas es el instrumento menos confiable que tiene.
La sabiduría sobrevive a la crítica. La falsa precisión de cuatro casilleros prolijos, no.
La conclusión no es tirar el cuadrito, sino usarlo como lo que sirve: un espejo y un vocabulario, no un algoritmo. Su regalo duradero es la pregunta que obliga a hacerse —¿estoy tratando a esta persona como es, o como me sale por default?— y la humildad que debería obligar justo después —¿y qué tan seguro estoy de que la estoy leyendo bien?—.
Cómo leer la preparación sin engañarse
Si el punto débil del modelo es que todo depende del juicio del jefe, entonces el trabajo de verdad no es memorizar los cuatro estilos: es aprender a leer mejor —y a desconfiar de la propia lectura—. Cuatro disciplinas ayudan.
Separar el "no puede" del "no quiere". Competencia y compromiso son cosas distintas y piden respuestas opuestas: al que no puede, se le enseña; al que no quiere, enseñarle más lo insulta. Confundirlas es el error diagnóstico más común y el más caro, porque capacitar a un desmotivado o arengar a un incompetente son las dos formas de gastar energía sin mover nada.
Co-diagnosticar, no adivinar. La evidencia es contundente en un punto: el modelo funciona cuando el jefe y la persona coinciden en dónde está parada. Y la forma más barata de lograr esa coincidencia es asombrosamente simple y asombrosamente rara — preguntar. "¿En esto te sentís cómodo para que te suelte, o preferís que lo veamos juntos un par de veces más?" convierte un juicio unilateral —donde vive el sesgo— en un acuerdo. No siempre la persona se autoevalúa bien; pero la conversación casi siempre acerca las dos lecturas.
Mirar conductas, no impresiones. "Parece seguro", "vino recomendado", "es de los míos" no son datos: son las puertas por donde entra el sesgo. Datos son otras cosas: ¿resolvió antes algo parecido, y cómo? ¿Qué hace cuando aparece un problema que no estaba en el libreto? La preparación se lee en el comportamiento pasado en tareas comparables, no en la primera impresión ni en el parecido con uno mismo.
Revisar, porque la gente se mueve. Ninguna lectura es permanente: el aprendiz madura, el autónomo se quema, la tarea cambia. Todo diagnóstico de conducción tiene fecha de vencimiento — y el jefe que no lo revisa termina liderando a la persona que su colaborador era hace un año.
La conversación difícil
"Yo soy como soy; el estilo no se cambia." Fred Fiedler, otro clásico, hasta te daría la razón en que el estilo cuesta moverse — y por eso proponía lo inverso: ubicar a cada jefe en la situación que le calza. Pero un jefe de un solo estilo sólo lidera bien a un tipo de persona. Estirar el repertorio no es traicionarse; es ampliar a cuánta gente podés conducir sin romperla.
"Adaptar el estilo es fingir, o manipular." Es lo contrario. Tratar igual a quien está en lugares distintos no es justo: es cómodo. Darle andamiaje al que empieza y aire al que ya vuela no es falsedad — es lo mínimo que se le pide a alguien que dirige personas y no piezas intercambiables.
"Esto es psicología blanda, no gestión." Los errores de management más caros son de estilo mal calzado: el senior asfixiado que renuncia, el novato abandonado que falla y se va, el capaz desmotivado que nadie escuchó a tiempo. Se paga en sueldos, en rotación, en reclutamiento y en meses perdidos. No hay nada blando en esa factura.
Preguntas para el lunes
El autodiagnóstico, en versión de directorio. Para cada una de sus personas clave:
- En sus tareas principales, ¿dónde está hoy cada uno — necesita que lo dirijan, lo entrenen, lo apoyen o le deleguen?
- ¿Cuál es su estilo por default — y a qué tipo de persona le calza bien (y a cuál no)?
- ¿A quién está sobre-gestionando (asfixiando) y a quién sub-gestionando (abandonando)?
- ¿Hay alguien "senior" que en realidad retrocedió —por un error, un cambio, un desgaste— y hoy necesita apoyo, no distancia?
- ¿Está leyendo la tarea o la persona? (nadie es "un S4"; lo es para una cosa y no para otra.)
- Su lectura de la "madurez" de cada uno, ¿en qué se apoya — en evidencia o en impresiones?
- ¿Podría el efecto halo, o el parecerse a usted, estar inflando su lectura de alguien?
- ¿Alguna vez le preguntó a cada uno qué tipo de conducción necesita — o lo asumió?
- Del repertorio —dirigir, entrenar, apoyar, delegar—, ¿cuál le cuesta más? ¿Qué cambiaría si lo practicara?
Si varias respuestas incomodan, es buena señal: significa que dejó de preguntarse por su estilo y empezó a preguntarse por su gente, que es donde estaba el problema desde el principio.
No se lidera igual a todos porque no todos están en el mismo lugar — y el mismo, mañana, puede estar en otro. El cuadro de cuatro estilos no es una ley de la física ni una máquina que decide por usted; es un espejo que fuerza una pregunta que el piloto automático nunca hace: ¿esta persona, en esta tarea, hoy, necesita más mano o más aire? Contestarla bien, seguido, y con humildad sobre lo que uno cree ver, es casi todo el oficio de conducir.
¿En su empresa se lidera a todos con la misma vara?
32sur trabaja desarrollo de conducción y mandos medios dentro de sus procesos de profesionalización: cómo construir jefes que adaptan su estilo, delegan de verdad y sostienen a su equipo — sin manuales de colgar en la pared.
Referencias
- Hersey, P. y Blanchard, K. H., "Life Cycle Theory of Leadership", Training and Development Journal, 1969 — primera versión del modelo (luego rebautizado "liderazgo situacional").
- Hersey, P. y Blanchard, K. H., Management of Organizational Behavior: Utilizing Human Resources (3ª ed.), Prentice Hall, 1977 — el modelo de los cuatro estilos.
- Blanchard, K., Zigarmi, P. y Zigarmi, D., Leadership and the One Minute Manager, William Morrow, 1985 — la variante SLII: los cuatro niveles de desarrollo y la curva del compromiso.
- Practice Supervisor Development Programme (Williams, J. y Shaw, H.), Practice Tool: Situational Leadership, Research in Practice, 2019 — documento base de este artículo, con su advertencia sobre sesgo y diversidad al juzgar la "madurez".
- Stogdill, R. M. y Coons, A. E. (eds.), Leader Behavior: Its Description and Measurement, Ohio State University, 1957 — las dimensiones consideración y estructura de iniciación (estudios de Ohio State).
- Judge, T. A., Piccolo, R. F. e Ilies, R., "The Forgotten Ones? The Validity of Consideration and Initiating Structure in Leadership Research", Journal of Applied Psychology, 89(1), 2004, pp. 36–51 — metaanálisis: ambas dimensiones se asocian con los resultados (≈ 0,48 y 0,29).
- Tannenbaum, R. y Schmidt, W. H., "How to Choose a Leadership Pattern", Harvard Business Review, 1958 — el continuo de autoridad.
- House, R. J., "A Path-Goal Theory of Leader Effectiveness", Administrative Science Quarterly, 16, 1971; y "Path-Goal Theory of Leadership: Lessons, Legacy, and a Reformulated Theory", The Leadership Quarterly, 7, 1996, pp. 323–352.
- Wofford, J. C. y Liska, L. Z., "Path-Goal Theories of Leadership: A Meta-Analysis", Journal of Management, 19(4), 1993 — apoyo parcial; investigación en buena medida con fallas metodológicas.
- Goleman, D., "Leadership That Gets Results", Harvard Business Review, marzo–abril 2000 — seis estilos sobre más de 3.000 ejecutivos; los mejores líderes cambian de estilo.
- Joseph, D. L. y Newman, D. A., "Emotional Intelligence: An Integrative Meta-Analysis and Cascading Model", Journal of Applied Psychology, 95(1), 2010, pp. 54–78 — la relación entre inteligencia emocional y desempeño es condicional y modesta.
- Graen, G. B. y Uhl-Bien, M., "Relationship-Based Approach to Leadership: Development of Leader–Member Exchange (LMX) Theory", The Leadership Quarterly, 6(2), 1995 — los líderes diferencian sus vínculos con cada colaborador.
- Gerstner, C. R. y Day, D. V., "Meta-Analytic Review of Leader–Member Exchange Theory: Correlates and Construct Issues", Journal of Applied Psychology, 82(6), 1997, pp. 827–844 — la calidad del vínculo diferenciado se asocia con desempeño, satisfacción, compromiso y rotación.
- Vecchio, R. P., "Situational Leadership Theory: An Examination of a Prescriptive Theory", Journal of Applied Psychology, 72(3), 1987, pp. 444–451 — apoyo sobre todo para empleados nuevos.
- Blank, W., Weitzel, J. R. y Green, S. G., "A Test of the Situational Leadership Theory", Personnel Psychology, 43, 1990, pp. 579–597 — los datos no respaldan el supuesto de moderación por "madurez".
- Thompson, G. y Vecchio, R. P., "Situational Leadership Theory: A Test of Three Versions", The Leadership Quarterly, 20(5), 2009, pp. 837–848 — apoyo limitado.
- Thompson, G. y Glasø, L., "Situational Leadership Theory: A Test from a Leader-Follower Congruence Approach", Leadership & Organization Development Journal, 39, 2018, pp. 574–591 — el modelo predice sólo cuando jefe y colaborador coinciden en el diagnóstico.
- Graeff, C. L., "The Situational Leadership Theory: A Critical View", Academy of Management Review, 8(2), 1983, pp. 285–291; y "Evolution of Situational Leadership Theory: A Critical Review", The Leadership Quarterly, 8(2), 1997, pp. 153–170.
- Fiedler, F. E., A Theory of Leadership Effectiveness, McGraw-Hill, 1967 — el enfoque de contingencia rival: ajustar la situación al líder, no el estilo al colaborador.