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Artículo 06 · Gestión y tableros

Lo que se mide se gestiona (y lo que se mide mal, también)

Por qué la mayoría de los tableros no cambia ninguna decisión, cómo las métricas se corrompen al volverse objetivos, y qué medir para gobernar de verdad.

Por 32sur · Julio 2026 · Lectura: 26 minutos

Todos los semáforos en verde

Reunión mensual de gestión. En la pantalla, el tablero: treinta y tantos indicadores, casi todos en verde, varios con flechita para arriba. Ventas por encima del objetivo, productividad en target, tickets de soporte cerrados en tiempo récord. Aplausos, café, "buen mes". Nadie se va preocupado.

Tres meses después estalla un problema que nadie vio venir: los clientes grandes se están yendo, el margen se desplomó, la caja está al límite. Lo desconcertante es que ninguno de esos tres desastres contradecía al tablero. Las ventas subían — con descuentos que licuaban el margen. Los tickets se cerraban rápido — sin resolver, y por eso volvían. La productividad estaba en target — produciendo stock que nadie había pedido. Todos los semáforos estaban en verde, y el negocio se hundía en silencio, porque los números que estaban en verde no eran los números que importaban.

Este artículo trata de esa distancia —entre medir mucho y medir bien— que hunde empresas con el tablero sonriendo. De por qué la frase más repetida de la gestión es peligrosamente incompleta, de una ley que explica cómo se corrompen las métricas, y de qué medir para que el tablero, por fin, cambie decisiones en lugar de decorarlas.

"Lo que se mide se gestiona": la frase que casi nadie citó entera

Es, probablemente, la frase más repetida del management: "lo que se mide se gestiona". Se atribuye casi siempre a Peter Drucker, que muy posiblemente nunca la dijo así, y a veces a W. Edwards Deming, que en realidad sostuvo lo contrario: que algunas de las cosas más importantes de una organización son inmensurables, y que gestionar sólo por lo que se puede contar es un error costoso.

La frase es verdad — pero una verdad a medias, y las verdades a medias en gestión son las más caras. Sí: lo que se mide recibe atención. El problema es que eso incluye medir lo equivocado, que entonces recibe toda la atención mientras lo que de verdad importa, y no se mide, se deteriora sin testigos. El periodista Simon Caulkin lo completó con ironía, glosando un viejo hallazgo académico: "lo que se mide se gestiona — aun cuando medirlo y gestionarlo no tenga sentido, e incluso si perjudica a la organización hacerlo". Esa versión larga no es un eslogan de productividad: es una advertencia.

La disfunción de medir tiene setenta años

La advertencia no es nueva. En 1956 —hace casi setenta años— un investigador llamado V. F. Ridgway publicó en Administrative Science Quarterly un artículo breve y demoledor: "Dysfunctional Consequences of Performance Measurements". Su tesis: toda medición cuantitativa de desempeño, usada con exceso de confianza, distorsiona la conducta que pretende mejorar.

Ridgway catalogó las formas. Una medida única empuja a la gente a optimizar ese número a costa de todo lo demás: el operario que maximiza unidades y descuida la calidad. Varias medidas trasladan el problema a los trade-offs, que se juegan a favor de lo que se mide y en contra de lo que no. Y las medidas compuestas —el índice que promedia todo en un solo número— esconden los conflictos en vez de resolverlos. La conclusión de Ridgway, en 1956, seguía siendo cierta en cada tablero que se presentó esta semana: el problema no es la falta de métricas, es la fe ingenua en ellas.

La ley de Goodhart (y su gemela, la de Campbell)

La mecánica precisa de esa distorsión la nombró un economista británico. En 1975, Charles Goodhart, estudiando por qué fallaban los controles monetarios, formuló lo que hoy lleva su nombre: "cualquier regularidad estadística observada tiende a colapsar en cuanto se ejerce presión sobre ella con fines de control". La antropóloga Marilyn Strathern lo reescribió en 1997 en la forma que se volvió máxima: "cuando una medida se vuelve objetivo, deja de ser una buena medida".

Lo notable es que la misma ley se descubrió dos veces, en dos ciencias que no se hablaban. Mientras Goodhart miraba la política monetaria, el psicólogo social Donald Campbell estudiaba las evaluaciones de programas educativos y sociales, y llegó en 1976 a una formulación gemela —la ley de Campbell—: "cuanto más se usa un indicador cuantitativo para tomar decisiones, más sujeto está a presiones de corrupción y más apto es para distorsionar los procesos que pretende monitorear". Dos campos, dos autores, la misma regularidad: apenas un número se vuelve la vara con la que se premia o se castiga, empieza a mentir. Que dos disciplinas independientes hayan tropezado con lo mismo debería bastar para tomárselo en serio.

El porqué es simple y universal. Casi ninguna métrica es la cosa que de verdad importa; es un proxy, una aproximación medible de algo que no lo es. Las ventas son un proxy de un negocio sano; el tiempo de atención, un proxy de buen servicio; los tickets cerrados, un proxy de soporte eficaz. Mientras nadie los premie, los proxies funcionan bien como termómetro. Pero en el instante en que se los convierte en objetivo —con un bono, un ranking, un tablero que hay que dejar en verde— la gente deja de perseguir el fin y empieza a perseguir el número. Y como el número no es el fin, se puede subir el número destruyendo el fin.

La métrica (lo que se premia) El objetivo real lo que se pierde la métrica se vuelve objetivo Tiempo →
Figura 1 — La brecha de Goodhart. En cuanto la métrica se vuelve objetivo, sube — mientras el fin que debía representar se queda atrás. La distancia entre las dos es lo que la presión destruye.

La lista de ejemplos es interminable y siempre la misma historia:

MétricaLo que buscaLo que induce al volverse objetivo
Facturación del vendedorCrecer las ventasDescuentos que licúan el margen
Tiempo de atenciónEficiencia en el soporteCortarle al cliente sin resolver
Tickets cerrados por díaSoporte ágilCerrar sin resolver; el caso reabre
Unidades por turnoProductividadStock que nadie pidió; cae la calidad

Ninguna de esas conductas es de gente deshonesta: es gente racional respondiendo al número que la organización decidió premiar. La métrica no midió mal; midió exactamente lo que se le pidió — y por eso salió mal.

Premiás A mientras esperás B

Antes que los economistas y los contadores, un investigador del management ya había puesto el dedo en la llaga, con un título perfecto. En 1975, Steven Kerr publicó "Sobre la insensatez de premiar A mientras se espera B", y su tesis es tan simple como incómoda: las organizaciones premian, todo el tiempo, una cosa distinta de la que dicen querer — y después se sorprenden de obtener lo que premiaron, no lo que esperaban. Se declama trabajo en equipo y se premia el desempeño individual; se pide calidad y se paga por cantidad; se pide mirada de largo plazo y se bonifica el resultado del trimestre. La gente, dice Kerr, hace un cálculo elemental y racional: averigua qué se premia y hace eso, "con exclusión casi total de lo que no se premia".

Lo valioso de Kerr es que explica por qué caemos una y otra vez en la misma trampa: por fascinación con lo "objetivo" y medible, por sobrevalorar lo visible, y por una cuota de hipocresía institucional —proclamar B queda bien; premiar A es más fácil de administrar—. El puente con todo lo anterior es directo: la métrica que se premia es la "A". Si no es exactamente lo que se quiere lograr, la empresa acaba de contratar, con su propio sistema de incentivos, a todo su personal para perseguir la cosa equivocada.

Dice querer (B) En realidad premia (A) trabajo en equipo calidad largo plazo desempeño individual cantidad resultado del trimestre La organización obtiene A — lo que premió, no lo que esperaba
Figura 2 — Premiás A, esperás B. La gente hace lo que se premia, no lo que se declara. Si A ≠ B, el sistema de incentivos trabaja en contra de la propia empresa. Según Kerr (1975).

Surrogación: cuando la métrica se come al fin

Goodhart y Campbell describen qué pasa; la contabilidad conductual explica por qué pasa adentro de la cabeza, y le puso un nombre preciso: surrogación. Los investigadores Willie Choi, Gary Hecht y William Tayler lo definieron y lo probaron en experimentos: es la tendencia a perder de vista el fin que una métrica representa y a tratar la métrica como si fuera el fin. El vendedor no piensa "quiero clientes sanos y rentables" y usa las ventas para medirlo; después de un tiempo mirando el número, piensa, lisa y llanamente, "quiero más ventas". El proxy se comió al fin. Y una vez que eso pasa en la mente, destruir el fin para subir el proxy no se siente como trampa: se siente como hacer bien el trabajo.

Lo que la investigación agrega es doblemente útil para quien dirige. Primero, la surrogación empeora con los incentivos: cuanto más se ata la plata a un número, más se reemplaza el fin por la métrica (Choi, Hecht y Tayler, 2012). Es la confirmación experimental de la sospecha de todo este artículo — el bono sobre un solo número no es neutro; fabrica ceguera. Segundo, y más esperanzador: la surrogación baja cuando la gente participa en definir qué se mide y por qué (2013). Quien ayudó a elegir la estrategia no confunde tan fácil el termómetro con la fiebre. La defensa contra la surrogación no es un tablero más lindo: es que el equipo entienda —y haya discutido— qué fin persigue cada número.

el finclientes métrica al principio fin métrica bajo presión e incentivos métrica el fin desapareció
Figura 3 — La surrogación. El proxy no sólo se persigue — reemplaza al fin en la cabeza de quien lo persigue. Según Choi, Hecht y Tayler.

Un caso real: los 3,5 millones de cuentas

Todo lo anterior suena abstracto hasta que cuesta miles de millones. Wells Fargo, uno de los bancos más grandes de los Estados Unidos, tenía una métrica estrella —la venta cruzada: cuántos productos por cliente— y la puso en el corazón de sus bonos y de su presión comercial. El lema interno era "ocho es genial" (ocho productos por hogar). El fin que esa métrica debía representar —clientes con una relación más profunda y satisfecha con el banco— desapareció detrás del número.

El resto es la historia de manual, a escala industrial. Entre 2009 y 2016, empleados bajo presión abrieron hasta 3,5 millones de cuentas y tarjetas que los clientes nunca pidieron —con firmas falsas, mails desviados, PINes inventados— sólo para llegar a la cuota. Cuando estalló, en 2016, el regulador aplicó una multa de 185 millones de dólares, rodaron miles de despidos y también la cúpula, y el daño reputacional se contó en miles de millones más. La métrica llegó a su objetivo casi todos los trimestres, hasta el final. El negocio que pretendía medir —la confianza— se destruyó en el camino. No hizo falta un genio del mal: alcanzó con una métrica premiada, presión y surrogación a gran escala. Exactamente lo que Ridgway, Goodhart y Campbell venían anunciando desde hacía medio siglo.

La firma del gaming: el pico en el umbral

Cuando una métrica con premio se vuelve un umbral que hay que cruzar, deja una huella estadística inconfundible — y a veces se la puede ver, literalmente, en un gráfico. El caso más estudiado es el del sistema de salud público inglés, que Gwyn Bevan y Christopher Hood analizaron en 2006 bajo un nombre memorable: objetivos y terror. El gobierno fijó metas duras —que ningún paciente esperara más de cuatro horas en la guardia, por ejemplo— y las ató a consecuencias serias para hospitales y directivos. El número mejoró casi mágicamente. Pero al mirar la distribución de los tiempos de espera aparecía la firma del gaming: un pico enorme de pacientes "atendidos" justo antes de las cuatro horas, más una batería de maniobras —ambulancias haciendo cola afuera para no arrancar el reloj, camillas rebautizadas como "camas"— para que el reloj marcara lo que el objetivo pedía, sin que el paciente estuviera necesariamente mejor.

Ese pico pegado al umbral es la radiografía de la ley de Campbell en acción, y no es exclusivo de la salud pública: se lo ve en las ventas que se corren para caer del lado bueno del cierre, en las notas que se inflan para pasar la línea, en cualquier número con premio y frontera. Cuando uno ve una distribución que se amontona sospechosamente justo del lado que conviene, no está mirando buen desempeño: está mirando gente cruzando una raya.

objetivo: 4 h el pico del gaming tiempo de espera → pacientes
Figura 4 — La firma del gaming: el pico en el umbral. Cuando una métrica premiada tiene un umbral, la conducta se amontona del lado que conviene. El pico no es desempeño: es gaming. Según Bevan y Hood (2006).

Las ocho maneras de hacer trampa

Que una métrica se corrompa no es una sola cosa: es una familia de conductas, y conviene conocerlas para reconocerlas a tiempo. En 1995, el economista Peter Smith catalogó ocho consecuencias no deseadas de medir el desempeño —estudiando el sector público inglés, pero valen para cualquier tablero—. Son las formas concretas en que un número deja de decir la verdad:

TrampaQué esCómo se ve en la empresa
Visión de túnelMirar sólo lo que se mideSe descuida todo lo que no está en el tablero
SuboptimizaciónOptimizar la parte a costa del todoUn área cumple su número y le rompe el número a otra
MiopíaLo de corto plazo tapa lo de largoSe sacrifica mantenimiento, marca, formación
Fijación en la medidaPerseguir el indicador, no el fin"Cerramos el ticket" aunque el problema siga
TergiversaciónReportar de manera creativaEl número se maquilla antes de la reunión
Manipulación (gaming)Alterar la conducta para inflar el númeroSe corren ventas de un mes al otro para llegar
OsificaciónParálisis: no innovar para no arriesgar la métricaNadie prueba nada que pueda bajar el número
ComplacenciaEl verde adormeceSe deja de mejorar porque "estamos en target"

Puestas en fila, se nota algo incómodo: casi todas son respuestas racionales a un sistema de medición mal armado. La gente no es tramposa; el tablero la invita. Jerry Muller reunió esta biblioteca entera de desastres en un libro cuyo título lo dice todo —La tiranía de las métricas— y su moraleja es la de esta serie: el problema no es medir, es medir sin criterio y premiar sin pensar.

El lado oscuro de los objetivos

Alguien podría objetar que nada de esto es culpa de los objetivos en sí — que fijar metas ambiciosas es, de hecho, una de las prácticas mejor probadas del management. Y tiene razón a medias: la teoría de fijación de objetivos de Edwin Locke y Gary Latham, apoyada en cientos de estudios, muestra que las metas específicas y desafiantes mejoran el desempeño frente a un vago "hacé tu mejor esfuerzo". Los objetivos funcionan. El problema es lo que viene con ellos cuando se los usa sin cuidado.

En 2009, un grupo de investigadores —Ordóñez, Schweitzer, Galinsky y Bazerman— reunió la contracara en un artículo titulado "Objetivos desbocados". Su conclusión: los objetivos son como un medicamento potente — curan y, mal recetados, envenenan. Los efectos secundarios sistemáticos que documentan son, uno por uno, los males de este artículo: foco estrecho que descuida todo lo que no está en la meta, más disposición a la conducta poco ética, apetito de riesgo distorsionado, aprendizaje inhibido, cultura corroída y motivación intrínseca en baja. Y cuando el objetivo es un presupuesto atado al bono, Michael Jensen lo tituló sin eufemismos —"pagarle a la gente para que mienta"—: un target ligado a la remuneración induce a mentir dos veces, al fijar el presupuesto (para negociar una meta baja y alcanzable) y al cumplirlo (para inflar el resultado que se reporta).

meta+ premio foco estrecho conducta poco ética riesgo distorsionado aprendizaje inhibido cultura corroída menos motivación
Figura 5 — El lado oscuro de los objetivos. Los objetivos mejoran el desempeño (Locke y Latham) — y, mal recetados, producen daños sistemáticos. Según Ordóñez et al. (2009).

La moraleja no es no fijar objetivos: es recetarlos como lo que son —una droga potente—, con dosis, contraindicaciones y control. Un objetivo sin contrapeso, atado a un bono y sin nadie mirando los efectos secundarios, es la receta más común del desastre medido.

Más no es mejor: pocos, a tiempo, en tensión

La reacción instintiva ante un tablero que engaña es agregar métricas: si el verde mintió, midamos diez cosas más. Es el error opuesto y complementario. Un tablero de sesenta indicadores no informa: sepulta. La atención de una dirección es finita, y repartida entre sesenta números no alcanza para mirar ninguno en serio. Más métricas no son más control; a partir de cierto punto son menos, porque el ruido tapa la señal y la parálisis reemplaza a la decisión.

pocos y a tiempo muy pocos:ceguera demasiados:ruido y parálisis Cantidad de indicadores → Decisiones útiles
Figura 6 — Más indicadores no son mejores decisiones. Muy pocos llevan a la ceguera; demasiados, al ruido y la parálisis. En el medio hay un punto —pocos y a tiempo— donde el tablero de verdad gobierna.

Entre la ceguera de medir poco y el ruido de medir todo hay un punto donde el tablero gobierna. Se llega con cinco reglas.

1. Pocos y a tiempo. Cinco o seis números por área que lleguen rápido, antes que un tablero enciclopédico que llega tarde. Como vale para toda la gestión: el indicador perfecto que llega el día 25 pierde contra el razonable que llega el lunes. Un número que llega tarde no es un dato: es historia.

2. En tensión, para que no se puedan hacer trampa. La mejor defensa contra Goodhart es no dejar ningún número solo. A cada métrica, su contrapeso: ventas con margen, velocidad con calidad, producción con rotación de inventario, crecimiento con caja. Cuando cada indicador tiene un gemelo que se resiente si se lo fuerza, la trampa deja de pagar.

ventasmargen velocidadcalidad producciónrotación de inventario crecimientocaja forzar uno hunde a su gemelo — la trampa deja de pagar
Figura 7 — Indicadores en tensión. A cada número, su contrapeso. Cuando forzar uno hunde a su gemelo, la trampa deja de pagar — es la defensa práctica contra Goodhart.

3. Adelantados, no sólo atrasados. La facturación del mes es un indicador atrasado: cuenta lo que ya pasó, cuando ya no se puede hacer nada. El pipeline, las cotizaciones, la satisfacción, la rotación de personal son adelantados: avisan antes. Un tablero hecho sólo de resultados es un espejo retrovisor — sirve para saber de dónde se viene, no para elegir hacia dónde ir.

Retrovisor · atrasados Parabrisas · adelantados facturación del mes resultado del trimestre cuentan lo que ya pasó pipeline · cotizaciones satisfacción rotación de personal avisan lo que viene
Figura 8 — El espejo y el parabrisas. Un tablero de puros resultados maneja mirando por el retrovisor. Los indicadores adelantados son el parabrisas.

4. Cada métrica es un proxy, con dueño y con vencimiento. Recordar que ningún número es la cosa misma protege de creerle demasiado. Cada indicador necesita un responsable y una fecha de revisión: cuando una métrica empieza a subir mientras el negocio no mejora, es señal de que se volvió objetivo y se corrompió — y hay que cambiarla, no celebrarla.

5. Medir para decidir, no para reportar. La pregunta que ordena cualquier tablero es brutal y liberadora: ¿qué decisión cambia este número? Si la respuesta es "ninguna", el indicador no es información: es decoración, y ocupa una atención que le falta a otro. Todo número que no cuelga de una decisión se puede borrar sin costo — y con alivio.

Sobre el punto de los incentivos, una advertencia que cierra el círculo con Goodhart: atar un bono ciegamente a un solo indicador es fabricar la trampa con las propias manos. Los incentivos tienen que alinearse con la métrica —Eccles lo pedía ya en 1991—, pero con la métrica en tensión, no con el número suelto que cualquiera aprende a inflar.

El paso que casi nadie da: validar

Queda una disciplina final, la más ignorada y quizás la más rentable: comprobar que la métrica de verdad predice lo que uno cree. Elegimos indicadores no financieros —satisfacción del cliente, clima interno, calidad— convencidos de que anticipan los resultados. ¿Pero lo hacen? Charles Ittner y David Larcker fueron a mirar, y su hallazgo, publicado en Harvard Business Review en 2003, es aleccionador: sólo alrededor del 23% de las empresas se había tomado el trabajo de construir y verificar un modelo causal que ligara sus métricas con los resultados. Las que sí lo hicieron no sólo tenían tableros más honestos: obtenían, en promedio, un retorno sobre activos casi 3 puntos más alto y un retorno sobre el patrimonio 5 puntos más alto que las que medían por fe.

Validar es preguntarle a los datos lo que casi nunca les preguntamos: ¿la métrica que subimos el trimestre pasado se tradujo, después, en el resultado que esperábamos? Cuando la respuesta es no, hay dos culpables posibles —o la métrica nunca fue buen proxy, o se corrompió al volverse objetivo— y los dos piden lo mismo: cambiarla. Hay, además, un desgaste natural: las métricas pierden filo con el tiempo, a medida que todos aprenden a cumplirlas —lo que Meyer y Gupta llamaron la paradoja del desempeño—. Sin validación, un tablero es una hipótesis que nadie testeó, sostenida por la costumbre. Con ella, es un instrumento. La diferencia, según Ittner y Larcker, se paga en puntos de rentabilidad.

Ventaja de ROA+2,95% Ventaja de ROE+5,14% Ventaja promedio de las que validan… pero sólo ~23% de las empresas lo hace.
Figura 9 — Validar paga. Apenas una de cada cuatro empresas comprueba que sus métricas de verdad anticipan los resultados — y esas rinden más. Según Ittner y Larcker (2003).
3,5Mcuentas no autorizadas que abrió Wells Fargo bajo la presión de una métrica (2009–2016)
8formas típicas en que una métrica premiada deja de decir la verdad (Smith, 1995)
~23%de las empresas verifica que sus métricas predicen resultados — y rinden más (Ittner–Larcker)

La conversación difícil

"Necesitamos más datos." Casi nunca. Lo que casi siempre hace falta es menos, mejor elegido y efectivamente usado. El exceso de datos es un escondite cómodo: mientras se discute qué otro dashboard construir, se evita la pregunta incómoda de qué decisión no se está tomando con los datos que ya hay.

"Si está en verde, estamos bien." Verde quiere decir que se cumplió el objetivo, no que el negocio esté sano — y menos si el objetivo es un proxy que se puede inflar. El semáforo en verde de una métrica corrompida es más peligroso que el rojo de una honesta, porque anestesia. La pregunta no es si está en verde, sino si ese verde sobreviviría a mirar el número que tiene al lado.

"Lo que no se mide no se puede gestionar." Algunas de las cosas más importantes de una empresa —la confianza de un cliente, el criterio de un mando medio, la moral de un equipo— se resisten a la medición, y no por eso se dejan de gestionar. Renunciar a lo que importa porque no entra en una planilla es la manera más elegante de terminar optimizando lo trivial con precisión decimal.

Trece preguntas para el lunes

El autodiagnóstico, en versión de directorio:

  1. De los indicadores del tablero, ¿cuántos cambiaron una decisión en los últimos tres meses?
  2. ¿Cada número clave tiene un contrapeso que se resiente si se lo fuerza — o vive solo?
  3. ¿Cuántos de nuestros indicadores son adelantados, y cuántos sólo cuentan lo que ya pasó?
  4. ¿Hay algún número que suba hace meses mientras el negocio no mejora? (Ahí se volvió objetivo.)
  5. ¿Los bonos están atados a un solo indicador que alguien podría inflar sin que gane la empresa?
  6. ¿El tablero llega a tiempo para decidir, o llega para reportar lo irreversible?
  7. Si borráramos la mitad de los indicadores, ¿perderíamos control o ganaríamos foco?
  8. ¿Qué cosa importante no medimos — y por eso nadie gestiona?
  9. ¿Nuestro último "buen mes", sobreviviría a mirar el margen, la caja y la rotación de clientes al lado de las ventas?
  10. ¿Alguno de nuestros números ya se volvió un fin en sí mismo — lo perseguimos aunque el objetivo que representaba se haya perdido de vista? (Eso es surrogación.)
  11. La gente que persigue cada métrica, ¿participó en definir qué fin persigue — o sólo recibió el número y el bono?
  12. Nuestros bonos, ¿premian exactamente la conducta que queremos — o premian A mientras esperamos B?
  13. ¿Verificamos alguna vez que nuestras métricas no financieras (satisfacción, clima, calidad) de verdad anticipan los resultados — o lo damos por hecho?

Si varias respuestas incomodan, la buena noticia es que ningún tablero nuevo cuesta lo que cuesta uno malo. Medir mejor no es medir más: es medir pocas cosas, a tiempo, en tensión y atadas a decisiones — y tener el coraje de apagar los semáforos que sólo sirven para dormir tranquilos.

Un tablero no es un adorno de directorio ni un examen que hay que aprobar dejando todo en verde. Es un instrumento para decidir mejor. Cuando deja de servir para eso —cuando mide lo fácil en vez de lo que importa, cuando premia el número en vez del fin— no es neutral: miente con la autoridad tranquilizadora de un dato. Y una empresa se puede hundir con todos los semáforos en verde.

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Conversemos

Referencias

  1. Ridgway, V. F., "Dysfunctional Consequences of Performance Measurements", Administrative Science Quarterly, vol. 1, 1956, pp. 240–247.
  2. Kerr, S., "On the Folly of Rewarding A, While Hoping for B", Academy of Management Journal, 18(4), 1975, pp. 769–783 — las organizaciones premian sistemáticamente una conducta distinta de la que esperan.
  3. Goodhart, C. A. E., "Problems of Monetary Management: The U.K. Experience", 1975 — ley de Goodhart; formulación de Marilyn Strathern (1997): "cuando una medida se vuelve objetivo, deja de ser una buena medida".
  4. Campbell, D. T., "Assessing the Impact of Planned Social Change", Occasional Paper Series, 1976 — la ley de Campbell, gemela de la de Goodhart en el terreno de las políticas sociales y educativas.
  5. Smith, P., "On the Unintended Consequences of Publishing Performance Data in the Public Sector", International Journal of Public Administration, 18(2–3), 1995, pp. 277–310 — las ocho consecuencias disfuncionales de medir (visión de túnel, suboptimización, miopía, fijación, tergiversación, manipulación, osificación, complacencia).
  6. Bevan, G. y Hood, C., "What's Measured Is What Matters: Targets and Gaming in the English Public Health Care System", Public Administration, 84(3), 2006, pp. 517–538 — "objetivos y terror"; la firma del gaming en el umbral.
  7. Choi, J., Hecht, G. y Tayler, W. B., "Lost in Translation: The Effects of Incentive Compensation on Strategy Surrogation", The Accounting Review, 87(4), 2012, pp. 1135–1163; y "Strategy Selection, Surrogation, and Strategic Performance Measurement Systems", Journal of Accounting Research, 51(1), 2013, pp. 105–133 — surrogación: la métrica reemplaza al fin; empeora con incentivos, mejora con participación.
  8. Ordóñez, L. D., Schweitzer, M. E., Galinsky, A. D. y Bazerman, M. H., "Goals Gone Wild: The Systematic Side Effects of Overprescribing Goal Setting", Academy of Management Perspectives, 23(1), 2009, pp. 6–16 — los efectos secundarios sistemáticos de fijar objetivos.
  9. Locke, E. A. y Latham, G. P., A Theory of Goal Setting and Task Performance, Prentice Hall, 1990; y "Building a Practically Useful Theory of Goal Setting and Task Motivation", American Psychologist, 57(9), 2002 — las metas específicas y desafiantes mejoran el desempeño.
  10. Jensen, M. C., "Paying People to Lie: The Truth about the Budgeting Process", European Financial Management, 9(3), 2003, pp. 379–406 — los presupuestos atados a bonos inducen a mentir al fijarlos y al cumplirlos.
  11. Meyer, M. W. y Gupta, V., "The Performance Paradox", Research in Organizational Behavior, vol. 16, 1994 — las métricas tienden a perder poder discriminante con el tiempo.
  12. Eccles, R. G., "The Performance Measurement Manifesto", Harvard Business Review, enero–febrero 1991, pp. 131–137 — de los financieros como cimiento único a uno entre varios; alinear incentivos.
  13. Kaplan, R. S. y Norton, D. P., "The Balanced Scorecard—Measures That Drive Performance", Harvard Business Review, enero–febrero 1992 — indicadores en tensión, adelantados y atrasados.
  14. Ittner, C. D. y Larcker, D. F., "Coming Up Short on Nonfinancial Performance Measurement", Harvard Business Review, noviembre 2003, pp. 88–95 — sólo ~23% de las empresas valida que sus métricas no financieras predicen resultados; las que lo hacen rinden más.
  15. Ries, E., The Lean Startup, Crown Business, 2011 — métricas de vanidad frente a métricas accionables.
  16. Muller, J. Z., The Tyranny of Metrics, Princeton University Press, 2018 — síntesis de las disfunciones de la medición en educación, salud, negocios y gobierno.
  17. Sobre el caso Wells Fargo: Consumer Financial Protection Bureau (CFPB), acción de septiembre de 2016 — hasta 3,5 millones de cuentas no autorizadas (2009–2016) impulsadas por metas de venta cruzada; multa conjunta de US$ 185 millones (CFPB, OCC y la ciudad de Los Ángeles).
  18. Sobre "lo que se mide se gestiona": la frase suele atribuirse a Peter Drucker sin evidencia documental; W. E. Deming sostuvo, de hecho, que las cifras más importantes para gestionar una empresa son a menudo desconocidas o imposibles de conocer.